Autor: Manu Soneyra

Pareja

Negando la infidelidad

Negar haber mantenido una relación sexual fuera de la pareja puede ser más que una estrategia consciente

Según la teoría triangular del amor, el compromiso es uno de los pilares de la pareja estable. Pero el compromiso no siempre es sinónimo de exclusividad sexual. Hay parejas muy comprometidas y sexualmente abiertas, de común acuerdo; todo depende de que se haya negociado previamente.

Muchas parejas constituidas no han hablado de la exclusividad sexual, la consideran parte de la fidelidad y sobreentienden que formar una pareja implica no mantener relaciones sexuales con terceras personas. Estos acuerdos no verbales pueden acarrear más de un dolor de cabeza.

Hablemos, saber que nuestra pareja ha mantenido relaciones sexuales con otra persona puede ser doloroso, sobre todo cuando la experiencia incide en la confianza que sentimos por el otro.

Peor aún, cuando decidimos enfrentar la situación y todo lo que obtenemos a cambio es «no pasó nada», «no es lo que tú piensas», además de encontrarnos ante lo que consideramos una infidelidad… descubrimos que la niega.

Resulta habitual que la parte que se siente engañada escuche con indignación semejante negación.

Y también es frecuente que explote en violencia y se produzca una exposición del material que lo prueba, un escrache, un enfrentamiento.

Aún cuando la lógica del engañado/a le dice que le han mentido, que le han estado tomando el pelo y le apremia a iniciar una campaña de acoso y derribo o a terminar ipso facto con la pareja, hay algunas otras posibilidades a tener en cuenta.

Valorando otras posibilidades

Podemos comenzar preguntándonos a quién es la parte engañada.

El enfrentamiento (…) aún cuando resuelve la situación, no siempre la soluciona

Muchas veces, en un marco psicoterapéutico descubrimos que una persona niega un hecho aún después de comentarlo. En otras ocasiones, lo admite pero sólo si le resta importancia. El elemento común, en estos casos, es la imposibilidad de tomar plena consciencia de lo que ocurre.

Egodistónico, aquello que entra en contradicción con sus propios valores no puede ser incorporado al marco experiencial. Todo ello con independencia de cuantas veces pudo repetirse ese mismo acontecimiento.

Cuando la experiencia no se integra en la consciencia muchas veces la mente sostiene que no ocurre. Algo similar ocurre a efectos prácticos cuando no se consigue poner en palabras la experiencia vivida.

Desde la negación -«nunca estuve con esa persona»- hasta la infrovaloración de la experiencia -«no tiene ninguna importancia para mí»- hay varias formas de no aceptar lo vivido.

En estos casos, el enfrentamiento con la evidencia que demuestra que la infidelidad existió resulta una opción genuinamente violenta. Por eso vale la pena tener en cuenta que, aún cuando resuelve la situación, no siempre la soluciona. Por ello conviene valorar aquellas otras opciones disponibles para poder elegir libremente según los valores, deseos, necesidades, expectativas y sentimientos de cada uno.

Mente

Patologizando las reacciones ante el COVID-19

En estos tiempos de pandemia, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, se generaliza una visión de sociedad enferma al campo de lo psicológico

Releyendo las diferentes reacciones sobre el COVID-19 de la comunidad de psicólogos, llama la atención el hecho de que los escritos tienden a alertarnos y a patologizar las diferentes reacciones individuales ante la pandemia.

De esta manera, se habla de trastorno de estrés postraumático, duelo patológico y fobias con inusual frecuencia. Hay evidencia clínica de que, efectivamente, se está dando un aumento de estas patologías, pero habríamos de cuestionar su generalización a la población.

A la hora de valorar una patología, tenemos en cuenta el nivel de incidencia que tienen los síntomas sobre la vida del usuario y/o sobre su entorno. Es decir, su nivel de afectación e incapacitación.

En relación al COVID-19, sin embargo, se echan en falta todos esos artículos que, del otro lado del espectro, nos lanzan un mensaje normalizador sobre las respuestas manifiestas, promoviendo la calma y la sensatez.

El miedo y la ansiedad dejan de ser adaptativos cuando impiden llevar una vida normal, insisten. Pero ¿cuánto miedo hay que tener para considerarlo un problema? ¿Una de las funciones del miedo no es precisamente esa, frenar la acción? ¿Aún podemos seguir hablando de normalidad dentro de una pandemia?

En la actual situación, la frontera que podemos dibujar entre un miedo invalidante y otro apropiado es tan delgada como vaga e inexacta. Algo similar se podría afirmar sobre los niveles de ansiedad.

Sin considerar el contexto, las reacciones y las emociones pueden ser difíciles de entender

Lo primero que hay que rescatar es que el miedo a una pandemia es normal, lógico y esperable. Si el miedo nos impide llevar una vida normal en el confinamiento, antes de hablar de fobias, es preciso tener en cuenta el factor mismo del confinamiento. Es probable que la exposición habitual a la situación temida probablemente ofreciera otro resultado. Sin considerar el contexto, las reacciones y las emociones pueden ser difíciles de entender.

Si de lo que trata es de entender lo que sentimos, pensamos y hacemos, normalicemos y actualicemos nuestros estándares de respuesta a esta situación concreta.

En el continuo imaginario que podemos trazar entre la patologización y la normalización, hay lugar para una infinidad de matices. Por ello, conviene recordar que no hay una reacción idónea, sana y equilibrada ante el COVID-19; la salud mental y lo saludable es tan imperfecto como lo somos nosotros.

Cuerpo

Pies inquietos al dormir

Los movimientos de pies involuntarios y repetidos dificultan el descanso 

A la hora de dormir, todo está listo para un buen descanso y sólo nos resta despertar mañana pero parece que el cuerpo tuviera otros planes. Los primeros minutos, al apoyar la cabeza en la almohada, suelen ser plácidos. De repente, un movimiento involuntario de pies es seguido por otro y por otro más. Así durante un segmento nocturno que puede hacerse interminable. 

A pesar de que mover los pies proporciona cierto alivio, la frecuencia del movimiento impide el descanso. Ello, junto al cansancio acumulado, puede provocar una sensación que oscila desde el nerviosismo a la desesperación.  

¿Qué es el síndrome de piernas inquietas?  

Según la quinta versión del manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psicología, el síndrome de piernas inquietas es “un trastorno del sueño sensoriomotor y neurológico que se caracteriza por un deseo de mover las piernas o los brazos normalmente asociado a sensaciones incómodas” (APA, 2013).  

Para considerarlo clínicamente, se entiende que debe darse con cierta frecuencia, un mínimo de tres noches por semana y durante varios meses. 

¿Qué lo provoca?  

En primer lugar, debemos descartar todas las causas orgánicas que puedan causar este síndrome. Es importante corroborar que la sintomatología no está delatando una enfermedad cardiovascular o un déficit de vitaminas. 

Lo segundo que debemos tener en cuenta es que la evidencia actual ha encontrado en el origen, en su etimología, un notable peso genético. Por lo que es probable que, si tus padres tenían el síndrome, haya mayores probabilidades de padecerlo. 

En muchas ocasiones el cuerpo expresa así aquellas emociones que han quedado sepultadas o silenciadas a lo largo de los días

Para finalizar, admitir que la ansiedad, la depresión y los trastornos relacionados con la atención tienen una fuerte vinculación con esas piernas inquietas. Por ende, conviene siempre intentar analizar tu nivel de exigencia, ansiedad, tristeza y desánimo antes de intentar incidir sobre el síndrome. En muchas ocasiones el cuerpo expresa así aquellas emociones que han quedado sepultadas o silenciadas a lo largo de los días. El acto de rebelión apunta a una necesidad, una señal que no merece ser ignorada.

Para esos casos, expresar -y negociar- esas nuevas necesidades resulta imperativo. Reservar un momento del día para liberar esos sentimientos puede también ser un buen complemento de lo primero.

En resumen, como suele ocurrir con muchos otros síndromes, los múltiples síntomas que lo conforman y la variedad de factores que facilian su aparición, nos hacen pensar que estamos ante un ladón de cien cabezas. Sin embargo, no hace falta ser un héroe para poder lidiar con el síndrome de piernas inquietas.

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